10 fragmentos de Rayuela para entender el amor

10 fragmentos de Rayuela para entender el amor

El amor en Rayuela

Cada lector tiene una obra maestra que lo cautivó de alguna manera. Ya sea porque lo leyó en el momento adecuado (El Camino), porque alguno de los protagonistas le inspiró sentimientos auténticos (La insoportable levedad del ser), o porque el libro simplemente le cambió la vida (El lobo estepario).

Una de las obras que mi me convenció de que la literatura acaricia y alimenta el alma, es la inigualable Rayuela. Una novela que rompe todas las normas de la narración, que te atrapa en un mundo de personajes complejos y tan bien descritos que acaban siendo personajes atemporales, que te acompañan toda la vida.

Una no puede visitar París o Buenos Aires, sin imaginar a Horacio subiéndose las solapas de su chaqueta o a la Maga con un carro de bebé explorando cada pequeño rincón de la capital francesa.

Pero no son solo los personajes. El amor tormentoso, la amistad, el paso de la juventud a la madurez, la soledad, el sentido de la vida... son solamente algunos de los temas que de manera prodigiosa van sucediéndose a medida que los personajes sobreviven día tras día a la muerte, la melancolía, la tristeza o el vacío más absoluto.

Porque así es la vida en realidad. ¿No?

Sin embargo, lo que a mi como lectora más me marcó de Rayuela, fue la pasión con la que viven el amor sus personajes. Cortázar nos retrata el amor más tormentoso, el romántico, el violento, el amor incondicional, el libre... los personajes de Rayuela juegan al juego del amor saltando de casilla en casilla e intentando no morir en el intento.

Para mostrarte, amigo lector, todo esto que estoy diciendo, no se me ocurre una idea mejor que regalarte 10 frases o pasajes que reflejan a la perfección lo que estoy diciendo.

Y lo más importante, es que sea lo que sea que sientas cuando los leas, será solamente tuyo y de nadie más. Y de eso se trata este artículo.

Frases de Rayuela para entender el amor

- Nunca nos quisimos-le dijo besándola en el pelo - No hables por mí- dijo la Maga cerrando los ojos-. Vos no podés saber si yo te quiero o no. Ni siquiera eso podés saber. - ¿Tan ciego me crees? - Al contrario, te haría tanto bien quedarte un poco ciego. - Ah, sí, el tacto que reemplaza las definiciones, el instinto que va más allá de la inteligencia. La vía mágica, la noche oscura del alma. - Te haría bien- se obstinó la Maga como cada vez que no entendía y quería disimularlo.

Con ella yo sentía crecer un aire nuevo, los signos fabulosos del atardecer o esa manera como las cosas se dibujaban cuando estábamos juntos y en las rejas de la Cour de Rohan los vagabundos se alzaban al reino medroso y alunado de los testigos y los jueces... Por qué no había de amar a la Maga y poseerla bajo decenas de cielos rasos a seiscientos francos, en camas con cobertones deshilachados y rancios, si en la vertiginosa rayuela en esa carrera de embolsados yo me reconocía y me nombraba...

Cada vez iré sintiendo menos y recordando más, pero qué es el amor sino el idioma de los sentimientos, un diccionario de caras y días y perfumes que vuelven como los verbos y los adjetivos en el discurso, adelantándose solapados a la cosa en sí, al presente puro, entristeciéndonos o aleccionándonos vicariamente hasta que el propio ser se vuelve vicario...

Siempre se refería a la muerte cuando hablaba de la vida, era fatal y nos reíamos mucho. Me dijo que se acostaba con Pola y entonces yo comprendí que a él no le parecía necesario que yo me enojara o le hiciera una escena. Ossip, en realidad yo no estaba muy enojada, yo también podría acostarme con usted ahora mismo si me diera la gana. Es muy difícil de explicar, no se trata de traiciones y cosas por el estilo, a Horacio la palabra traición, la palabra engño lo ponían furioso. Tengo que reconocer que desde que nos conocimos me dijo que él no se consideraba obligado.

Haber creído ver a la Maga era menos amargo que la certidumbre de que un deseo incontrolable la había arrancado del fondo de eso que definían como subconsciencia y proyectado contra la silueta de cualquiera de las mujeres de a bordo. Hasta ese momento había creído que podía permitirse el lujo de recordar melancólicamente ciertas cosas...

Aquí olés a sardónica. Aquí a crisoprasio. Aquí, esperá un poco, aquí es como un perejil pero apenas, un pedacito perdido en una piel de gamuza. Aquí empezás a oler a vos misma. Qué raro, verdad, que una mujer no pueda olerse como la huele el hombre. Aquí exactamente.No te muevas, dejame. Olés a jalea real, a miel en pote de de tabaco, a algas aunque sea tópico decirlo. Hay tantas algas, la Maga olía a algas frescas, arrancadas en el último vaivén del mar. A la ola misma.

La primera vez había sido en el hotel de la rue Valette, andaban por ahí vagando y preparándose en los portales, la llovizna después del almuerzo es siempre tan amarga y había que hacer algo contra ese polvo helado, contra esos impermeables que olían a goma, de golpe la Maga se apretó contra Oliveira y se miraron como tontos, HOTEL, la vieja detrás del roñoso escritorio le saludó comprensivamente, y qué otra cosa se podía hacer contra ese sucio tiempo.

Y por todas esas cosas yo me sentía antagónicamente cerca de la Maga, nos queríamos en una dialectica de imán y limadura, de ataque y defensa, de pelota y pared. Supongo que la MAga se hacía ilusiones sobre mí, debía creer que estaba curado de prejuicios o que me estaba pasando a los suyos, siempre más livianos y poéticos.

La técnica consistía en citarse vagamente en un barrio a cierta hora. Les gustaba desafiar el peligro de no encontrarse, de pasar el día solos, enfurruñados en u café o en un banco de plaza, leyendo-un-libro-más. La teoría del libro-más era de Oliveira, y la Maga la había aceptado por pura ósmosis.

Y puesto que casi nunca se alcanzaban porque en pleno diálogo eran tan distintos y andaban por tan opuestas cosas (...) entonces la única posibilidad de encuentro estaba en que Horacio la matara en el amor donde ella podía conseguir encontrarse con él, en el cielo de los cuartos de hotel se enfrentaban iguales y desnudos y allí podía consumarse la resurrección del fénix y después que él la hubiera estrangulado deliciosamente, dejándole caer un hilo de baba en la boca abierta, mirándola extático como si empezara a reconocerla, a hacerla de verdad suya, a traerla de su lado.

Libros en este post

Autores en este post