13 frases de Milan Kundera

13 frases de Milan Kundera

Milán Kundera, nuestro favorito

A lo largo de su extensa vida, este escritor, poeta y ensayista nacido en la antigua Checoslovaquia ha creado verdaderas obras de arte.

Para nosotros es uno de nuestros escritores favoritos, contador de historias nato y nadie como él para hablar de las grandes cuestiones que sustentan el enigma de nuestra existencia.

Desde La Broma hasta La insoportable levedad del ser, pasando por La Inmortalidad o La vida está en otra parte... difícil seleccionar las mejores obras de su extensa carrra.

Por eso, a modo de reconocimiento y para compartir a quienes no le conocen algo de su magia, recogemos 13 frases de la obra de Milan Kundera que te harán cambiar de perspectiva.

13 frases de Milan Kundera para ver la vida de otra manera

  • El hombre atraviesa el presente con los ojos vendados. Sólo puede intuir y adivinar lo que de verdad está viendo. Y después, cuando le quitan la venda de los ojos, puede mirar al pasado y comprobar qué es lo que ha vivido y cuál era su sentido.
  • Si las personas sólo fueran responsables de lo que hacen conscientemente, los idiotas estarían de antemano libres de cualquier culpa. Lo que pasa, querido Flasjman, es que las personas tienen la obligación de saber. Las personas son responsables de su ignorancia. La ignorancia es culpable. Y por eso no hay nada que libre a usted de sus culpas...
  • Porque estoy feliz de estar contigo. Porque estoy feliz de que existas. Alzbeta. Puede que te quiera. Puede que te quiera mucho. Pero quizá por eso mismo será mejor que nos quedemos tal como estamos. Puede que un hombre y una mujer estén más cerca el uno del otro cuando no viven juntos y cuando simplemente saben que existen y están agradecidos por existir y por saber el uno del otro. Y con eso basta para ser felices. Te agradezco, Alzbeta, te agradezco que existas.
  • Y así Eduard se sienta a veces en la iglesia y mira pensativo hacia la cúpula. (...) Eduard está sentado en un banco de madera y le da lástima que Dios no exista. Y precisamente en ese momento su lástima es tan grande que de las profundidades de ella surge de pronto el verdadero, vivificante rostro de Dios. ¡Mírenlo! ¡Sí! ¡Eduard sonríe!
  • En ese momento me dije que nosotros dos también habíamos sido arrojados a aquella extraña plaza desierta con su parque y restaurante, que nuestras ideas y nuestras palabras trepaban en vano hacia las alturas mientras que nuestros actos eran tan bajos como la misma tierra.
  • No existe posibilidad alguna de comprobar cuál de las decisiones es la mejor, porque no existe comparación alguna. El hombre lo vive todo a la primera y sin preparación. Como si un actor representase su obra sin ningún tipo de ensayo.
  • Sólo la casualidad puede aparecer ante nosotros como un mensaje. Lo que ocurre necesariamente, lo esperado, lo que se repite todos los días, es mudo. Sólo la casualidad nos habla. Tratamos de leer en ella como leen las gitanas las figuras formadas por el poso del café en el fondo de la taza.
  • ¿Qué es el vértigo? ¿El miedo a la caída? ¿Pero por qué también nos da vértigo en un mirador provisto de una valla segura? El vértigo es algo diferente del miedo a la caída. El vértigo significa que la profundidad que se abre ante nosotros nos atrae, nos seduce, despierta en nosotros el deseo de caer, del cual nos defendemos espantados.
  • El amor empieza en el momento en que una mujer inscribe su primera palabra en nuestra memoria poética.
  • Hacía falta decir que ya de una vez que leer algo sobre Hemingway es mil veces más entretenido y provechoso que leer a Hemingway. Hacía falta mostrar que la obra de Hemingway no es más que la vida de Hemingway en clave y que esa vida fue igual de mísera e insignificante que la vida de todos nosotros. Hacía falta cortar en trocitos la sinfonía de Mahler y utilizarla como fondo musical para un anuncio de papel higiénico.
  • En cuanto queremos sentir (decidimos sentir, tal como Don Quijote decidió amar a Dulcinea) el sentimiento ya no es un sentimiento sino una imitación del sentimiento, su exhibición. A lo cual suele denominarse histeria. Por eso el homo sentimentalis (es decir el hombre que se ha hecho del sentimiento un valor) es en realidad lo mismo que el homo hysterius.
  • El amor de Ana Karenina y Vronski terminó con su primer acto sexual, no fue en adelante más que su propia descomposición y nosotros no sabemos por qué: ¿tan desastrosamente habrán hecho el amor? ¿o por el contrario se habrán amado con tanta belleza que la magnitud del placer les produjo un sentimiento de culpa? Cualquiera que sea nuestra respuesta, llegaremos a la misma conclusión: después del amor precoital no había y no podía haber otro gran amor.
  • Se le ocurrió: hacer el amor entre tres, entre cuatro, sólo puede ser excitante en presencia de la mujer amada. Sólo el amor puede despertar el asombro y el excitante horror de ver un cuerpo de mujer en brazos de otro hombre. La vieja sentencia moralista acerca de que la relación sexual no tiene sentido sin amor se veía de pronto justificada y adquiría un nuevo significado.